Ella.

Era la chica más guapa del local, juraría que la más guapa y peligrosa de la ciudad. La típica mujer que ves y sabes que es capaz de destrozarte el corazón con una sonrisa. El típico amor de verano que acabará durandote toda una vida.
Así era ella.
Tan simple y perfecta como una cerveza. Le encantaba reírse de ella misma, asegurar que en otra vida fue un cerebrito.
Me encantaba mirarla dos-tres veces cuando se sonrojaba, ser parte de su show cuando los bares cerraban. Ella creo que sigue pidiendo Ron a las tres de la mañana, o eso espero porque siempre juraba aguantar toda la vida de barra en barra.
Me enamoré de ella poniéndole un chupito a las cinco, tardó dos meses en convencerme para perdernos en nuestra propia ciudad y juró enamorarme;
Juro que aún la quiero.
A veces pienso que es medio bruja, pero en verdad ella es un encanto. El mejor regalo que alguien pudo desear en Navidad, la mejor fiesta sorpresa cuando tropieza e intenta ser trapecista sobre dos plaquetas.
Ella es ella y aunque quisiese olvidarla, seguiría siendo ella y aunque ella alguna vez lo olvide, siempre será ella.
Porque ni ella misma sabe que todas las noches pronuncio su nombre por si con suerte aparece en el espejo y antes de volver a despedirse le pido que se quede, un poquito más, hasta que por fin consiga dejarme dormir su ausencia.

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10/07.

Cómo se sale de un recuerdo sin salir completamente roto, me pregunto una y otra vez mientras sólo quedan pedazos de nuestra última vez. De todas nuestras últimas veces, de todos los viajes al espacio contando tus lunares, las dos veces que me prometiste jamás abandonar nuestro barco. Y a la tercera fue la vencida, hundida. Intento recomponerme de todos los pedazos que vas dejando, intento seguir cuerda y aún así seguiría sin querer atarte nunca a mí. Porque te deseo, te deseo libre. Y eso, eso jamás va a cambiar amor. Intento y te juro que algún día volveré a reír sin mirar atrás, cueste lo que cueste, duela lo que duela. Pero como tú siempre me has dicho ‘todo tiene un proceso’ y parece ser que tú eras el mío y miento si te digo que no me da miedo olvidarte, dejarte atrás. Estoy completamente asustada y te necesito, o eso creo, ya no lo sé.

07/07

La verdad, es que no sé como volver a empezar. Mentiría si te dijese que no quiero olvidarte a estas alturas. Tú que me has hecho tener vértigo, yo que fui mi peor enemiga dejándonos ir a quién sabe donde. Resulta gracioso que mi corazón siga queriendo salir a buscarte cuando tú le has cerrado todas las puertas, que hay canciones de cuatro minutos que son como ocho años de cárcel emocional. Y a ver quién es el valiente que es capaz de salir de ahí sin pestañear. Al final te sorprendería saber que tenías razón, que por una vez en la vida te la doy. Supongo que puedes hacerte una idea de lo doloroso que es admitir esto para mí. Darte la razón y echarte de menos de la mano, no sé si esto es un premio para ti o un castigo para mí, pero sin duda nuestro pasado se siente herido. Si volviese a aquella noche delante de tu coche te juro que me hubiese quedado afónica, toda la ciudad hubiese enmudecido al oírme gritar que…

Siempre te voy a querer. 

Lunas distintas.

Ha pasado tiempo y mira no hemos cambiado tanto, tú sigues siendo el mismo delicuente emocional de siempre y yo sigo temblando al verte llegar. No es que no te haya superado, porque para superarte tendría que olvidarte y es un precio que no quiero pagar. Porque olvidarte sería olvidarme a mí, por partes. Y me gusto, a veces es cierto que me enfado conmigo misma y los recuerdos inconscientemente me los tiro a la cara e intento salir de una jaula que construí con mis propios miedos pero te prometo que me quiero, y no quiero separarme de lo que juntos creamos, una parte más entera de mí. Un saber echarte de menos, un quererte bien aunque lejos, un esperarte siempre que vuelvas porque no hay mejor hogar que los brazos que me cuidaron durante tantos años e hicieron de mis heridas un lugar donde volver a buscarme. Por eso me niego a superarnos, porque pase el tiempo que pase, nadie ni nosotros mismos podremos borrar nunca todo lo que juntos vivimos, y mucho menos las cicatrices que volvimos a curarnos cuando nos creíamos perdidos. No me malinterpretes pero, siempre te voy a querer y no es una amenaza. Es un aviso, para que entiendas que cuando me necesites seguiré estando en el mismo punto donde nos dejamos, dónde sólo nosotros podríamos volver a encontrarnos.

Trece.

No hay quien me saque de mis trece, de tu suerte. Aún puedo sentir el aleteo de tus brazos buscando mil excusas, la manera en la que intentabas calmar un corazón en llamas, queriendo detener el tifón que tú habías ocasionado. Era tarde, deseaba pasar, por delante y también por encima, pasar con el fin de terminar. Habías provocado un huracán y sí, con nombre de mujer. No fuiste ni capaz de pedir perdón, sólo llenabas el silencio de palabras cuando tu corazón estaba vacío, cuando no sentías nada, después de todo. Aún puedo notar como al girarme seguías ahí, plantado. Cómo hubiese deseado talarte de arriba abajo. No es rencor, es dolor por ver tanto cariño convertido en nada. Creéme que no eres tú que esta vez sí soy yo la que se ha cansado, adiós.

Adiós.

Tengo el dolor de una despedida en la memoria, como quien ha tenido que deshacerse varias veces para entender que el amor no es un puzzle sino un rompecabezas que terminara partiéndote el corazón.

Aprendí tantas maneras de quererte que aún me cuesta olvidar tus manías y como me decías ‘que de aquí no te iba a mover nadie’. Sólo necesitaste una excusa y viento a tu favor para hacer de mi pecho tres salidas de emergencia y una calle sin salida a este desamor.

No es que no te quiera, es que no puedo perdonar como has hecho eterna esta espera, a la que tú sabías que no tenía solución.

Seguimos acumulando recuerdos para así intentar construir de lo marchito algo bonito. Porque no hay nada más triste que saber que compartía mi vida con quien ya no me quería y huiría sin mirar atrás.

Guárdate tus ‘lo siento’ que siguen sabiendo a puñalada, a compasión, a pudimos querernos más pero no.

Algún día.

No miento si te digo que algo sigue rompiéndose por dentro cada vez que te pienso. Hay días que es más fácil sobrellevarlo, sentir que nos he superado. Otros por el contrario necesito escribir, intentar soltar todo lo que un día se quedó anclado en mi pecho y a veces siento que me ahogo. Hundiste mi flota, tú que siempre creíste ser el único herido. Yo que creía estar a salvo. Ahora dime tú quién salva a quién. Ya no queda nada de lo que un día fuimos, ni siquiera nosotros. Han cerrado nuestro bar favorito, y he oído rumores de que tu corazón está en reformas. Estoy segura que seguirás teniendo vistas al paraíso, que tus brazos seguirán siendo casa y que nadie nunca podrá dudar de tu sonrisa. Te prometo que me alegro, que me gustaría decírtelo sin lágrimas en los ojos, sin echarte de menos, sin echar de menos todo lo que un día fuimos. Eso es lo único que queda, yo echándote de más cuando debería ser cada día menos.

Perdí.

No voy a volver a escribirte o eso me juré la última vez. La última de tantas en las que prometí que no saldría corriendo a buscarte cuando las ganas apretasen mis alas, pero volví a sentirme perdida en nuestra ciudad, que eso es lo único que queda nuestro. Tiemblo cada vez que te recuerdo y en cada recuerdo siento que más te pierdo. Amor, perdona, es la costumbre de haberte querido tanto.  Estoy intentando convencerme, pero créeme que no soy capaz.   Qué duele, cómo si tú no lo hicieses. Qué hay huecos que por mucho que lo intentes jamás se volverán a llenar. Y nunca suena a infierno. Al que sé que por mucho que quiera no podré huir de él, que es tarde para hipotecar todos nuestros recuerdos y más aún para dárselos al primer valiente que se crea merecedor de nuestra historia. Porque como alguien iba a lograr estar a tu altura, tú que sonreías a mis pies cuando yo intentaba rozar el cielo de tus labios de puntillas desde aquel bordillo que para mí era como un precipicio. Yo que creí haber olvidado conjugar el verbo perder contigo, y ahora sin ti. Perdí.  No te estoy pidiendo que vuelvas, al menos no del todo porque temo volver a verte marchar. Y mi corazón te aseguro que no está preparado para ver como de nuevo le das la espalda a todo lo que un día quisiste.

Luna.

Te miro a los ojos,
oscuros como la noche,
brillantes como la luna
y el mundo se me para cuando llego a tu sonrisa.
Esa boca no tiene salida
y más que apagar incendios, los provoca.
Te muerdes las uñas declarando así -aún- tu inocencia,
miedos, inseguridades y manías.
Miedo como el que me suscitan tus besos,
pensando que cualquiera puede ser el último.
Inseguridades como esas pecas que a mí
me enloquecen pero tú detestas.
Manías como enamorarme siempre que me miras
y te muerdes el labio, cuando en realidad
lo único que querrías sería morder el mío
y provocar así un desastre tan natural
como esa forma tan tuya de despeinarte,
de recogerte el pelo en veinte idiomas
y dejarme mudo ante tal destreza.

Ser gallego es un estado de ánimo.

Porque ser gallego no tiene nada que ver con tu lugar de nacimiento, es haber vivido uno de los mejores veranos de tu vida en Sanxenxo o Sanjenjo depende de lo lejos que vengas, es saltar de la silla en cuanto suena una muñeira y sin mucho éxito intentar bailarla. Es perderte en el bosque queriendo y sin querer, para acabar en cualquier casa de campo sin salida. Pero ya sabemos todos que ‘UF, eso está…’ tan lejos como tú quieras imaginarte.

Porque salir vivo de una comida es un milagro y poner buena cara después de un buen chupito de hierbas es de valientes. Todos sabemos que una chaqueta nunca estará de más y que la esperanza de que escampe nunca se pierde. Que la morriña te acompaña toda la vida después de pisar Galicia, y que si vuelves más delgado de lo que fuiste es que algo hiciste mal.

Ser gallego es llorar cuando queman cualquier rincón del país porque nadie mejor que nosotros sabemos lo difícil que es ver arder tu tierra. Es sentirte como en casa cada vez que llegas y volverte algo más preguntón y un poquito más positivo porque ‘si llueve, que llueva’.

Ser gallego es tener una lucha interna entre el mar y la montaña, porque da igual donde decidas ir porque siempre será una buena elección, aunque nunca has de olvidar que se puede nublar, y que el agua siempre estará buenísima por muy fría que esté.

Es trabajar hasta caer rendidos y salir a disfrutar como si no hubiese mañana. Porque ser gallego es sentirse orgulloso de toda la gente trabajadora, del talento, de los lugares mágicos. Es saber que Galloso es el Jordi Urtado gallego.

Es difícil de explicar que la gente en Galicia se ‘pelee’ por pagar, la alegría de oír fuera de casa -qué riquiño-, la cantidad de platos buenísimos que se pueden hacer con un poquito de pimentón y no hablemos de los pimientos de padrón.

Ser gallego es sentirse orgulloso de ver como todo un pueblo se une para ayudarse entre si.

Ser gallego es saber que podemos ser el fin de la tierra y el centro del universo.

Ser gallego es un estado de ánimo.