Ser gallego es un estado de ánimo.

Porque ser gallego no tiene nada que ver con tu lugar de nacimiento, es haber vivido uno de los mejores veranos de tu vida en Sanxenxo o Sanjenjo depende de lo lejos que vengas, es saltar de la silla en cuanto suena una muñeira y sin mucho éxito intentar bailarla. Es perderte en el bosque queriendo y sin querer, para acabar en cualquier casa de campo sin salida. Pero ya sabemos todos que ‘UF, eso está…’ tan lejos como tú quieras imaginarte.

Porque salir vivo de una comida es un milagro y poner buena cara después de un buen chupito de hierbas es de valientes. Todos sabemos que una chaqueta nunca estará de más y que la esperanza de que escampe nunca se pierde. Que la morriña te acompaña toda la vida después de pisar Galicia, y que si vuelves más delgado de lo que fuiste es que algo hiciste mal.

Ser gallego es llorar cuando queman cualquier rincón del país porque nadie mejor que nosotros sabemos lo difícil que es ver arder tu tierra. Es sentirte como en casa cada vez que llegas y volverte algo más preguntón y un poquito más positivo porque ‘si llueve, que llueva’.

Ser gallego es tener una lucha interna entre el mar y la montaña, porque da igual donde decidas ir porque siempre será una buena elección, aunque nunca has de olvidar que se puede nublar, y que el agua siempre estará buenísima por muy fría que esté.

Es trabajar hasta caer rendidos y salir a disfrutar como si no hubiese mañana. Porque ser gallego es sentirse orgulloso de toda la gente trabajadora, del talento, de los lugares mágicos. Es saber que Galloso es el Jordi Urtado gallego.

Es difícil de explicar que la gente en Galicia se ‘pelee’ por pagar, la alegría de oír fuera de casa -qué riquiño-, la cantidad de platos buenísimos que se pueden hacer con un poquito de pimentón y no hablemos de los pimientos de padrón.

Ser gallego es sentirse orgulloso de ver como todo un pueblo se une para ayudarse entre si.

Ser gallego es saber que podemos ser el fin de la tierra y el centro del universo.

Ser gallego es un estado de ánimo.

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Al fin y al cabo, ella era poesía.

Ella era de esas chicas imposible de olvidar, de las que en cuanto te crees a salvo estás naufragando en el eco de su risa, e intenta salir tú ileso de sus besos.

Ella no se parece a nadie pero en todas la veo, olvido que ella ya me ha olvidado y entonces algo ruge en mi pecho:

Los te quiero que no le dije, los por qué que nunca tendrán respuesta y los quédate que se quedaron encima de la mesa junto a sus llaves.

A ella le gustaban las cosas claras, el ron cargado, y las apuestas.

Apostaba alto y ganaba, sólo tenía que poner sus ojos en un objetivo y ver como con el paso de los días el tiempo le daba la razón.

Estaba loca, pero dentro de esa locura tenía una niña que la ataba por dentro, un sin fin de miedos que terminaban en.

Pero yo la quiero, así.

Loca, ilusionada, escribiendo poemas en mi espalda bajo las sábanas cuando yo creo protegerla de esos monstruos que sólo ella puede ver.

Yo la quiero, no podría decir cuanto porque el amor al fin y al cabo no tiene medida.

Al fin y al cabo, ella era poesía.

 

He vuelto.

He vuelto, no tengas en cuenta el tiempo. A veces uno mismo necesita volar lejos para sanar sus heridas aún siendo preso de los recuerdos.

Te quiero, te dije en aquel Febrero y tú lleno de ‘peros’ y yo, yo llena de ganas de pedirte que te quedarás. Pero un -es tarde- golpeó sin previo aviso mi corazón, y ahí entendí que tú no me querías, que jamás lo hiciste. Porque para el amor no hay tiempo ni medida.

No puedo decirte lo mucho que lo siento porque ese día lo sentí por todos los días de mi vida. Ahora que consigo mirar atrás sin hacerme pedazos, sin preguntarme continuamente ‘por qué’, porque nosotros. En que momento llegamos a ser dos desconocidos que se conocen demasiado bien como para volver a mirarse a los ojos, en que momento creí que tú, que yo, que nosotros dos…

Creí que eramos uno, pero da la casualidad que las casualidades no existen, entonces simplemente creí. No a ti, sino en ti. Te deje mis mayores miedos en tus manos, tantos ‘cuídate’ de personas que jamás me cuidaron. Y tú, estúpido, tú con las instrucciones en las manos tampoco supiste hacerlo. Oh dios, lo tenías tan difícil, era tan complicado partirme por donde ya lo habían hecho antes. Pero lo hiciste.

Ya no me duele, sólo siento pena. Pena de ver como tanto cariño se convierte en nada, en un extraño sentimiento cuando te veo, en un no querer volver a conocerte ni cruzarte.

No puedo decir que te he superado pero al menos si que me he superado, una vez más.

A contra-pronostico, me quiero.

 

@Hazmepoesia

Tenéis miedo a que perdamos el miedo.

Este texto va dedicado para todos aquellos que me apoyaron, disculpa si me atraganto con la ironía mientras hablo. Un brindis por esa profesora de lengua -viperina-, la cual un día me dijo: De la poesía mejor ni hablamos, dedícate a otra cosa si es que encajas en algo. Por aquellas compañeras que más que echarme una mano quisieron partirme la cara y terminaron dejando mis complejos a un lado. Por todos aquellos que os habéis girado y me habéis silbado intentando llamar la atención y tenéis razón, no eráis para tanto. Gracias a todos los que nos decís que no valemos, porque estáis demostrando vuestro fracaso personal, y yo, yo no quiero ser como esperáis. Por las trece veces que me miré en el espejo y no encontré lo que esperaba por culpa de cuatro niñas acomplejadas, cuando ahí estaba todo lo que yo necesitaba. Gracias por la educación que dejáis a deber en vuestros hijos, es el vivo reflejo de la falta de valores en vosotros mismos.  Perdón a aquellos maestros que os toca lidiar con ellos, lo siento a esos niños que terminaran sufriendo las consecuencias de unos padres ocupados y unos hijos ‘asalvajados’. Siento esta sociedad machista que se las da de moderna, y a las modernas que se las dan de feministas. Pero no siento ser lo que no esperabais, os quedo pequeña la mordaza.

Que tú, que yo, que tan poco nosotros ahora.

Yo no quiero que me quieras, ni si quiera he pedido que me salves. No sé cuales crees que son tus derechos para retarme, pero ambos ya sabemos que el amor termina en guerra y con un sólo superviviente en pie. Una vez dijeron quererme tanto que mi corazón quiso salir huyendo, porque si eso era ser querido no quería. No, así no. He tenido miedo de volver la vista atrás por si cupido estaba haciendo de las suyas, por si volvía a tropezar con tu sonrisa y las escusas se me terminaban. Por si tu ‘qué tal’ volvía a sonar a salvavidas y tus brazos seguían siendo los culpables de hundir mi flota. Que olvide las mil maneras que tenía de reírme cuando se trataba de huir. Que tú, que yo, que tan poco nosotros ahora. Yo no entiendo de la vida sin querer y tu sin querer olvidaste el amor en otra boca. No te culpo, como podría culparte por sentir, por olvidar, por huir; cuando yo lo hice primero. He recordado tus manías, tus ganas de encender el mundo y apagar el dolor en boca ajena. Las cien veces que me dijiste vete y corriste detrás de mí por miedo o por cobarde, por no saber ver lo que tenías delante. Ya no creo en las promesas, ni en la manera en la que me decías que como yo nadie. Ahora que vuelo sola, he recordado la libertad de quererme. He vuelto a verme brillar sin necesidad de tu luz. He entendido que después de ti sigo siendo yo.

 

 

@Hazmepoesia

‘Los abuelos deberían ser eternos’, también su memoria.

Lo único que sé yo del amor es el recuerdo que tengo intacto de mis abuelos abrazándose con el miedo a que esa fuese la última vez después de tantos años. Lo primero que entendí de ella fue que el valor no tiene nada que ver con el tamaño, una mujer valiente para una época marchita, una rosa en un campo de minas.

Sus recuerdos tiemblan. Sólo reconoce lo vivido cuando se reencuentra en la mirada del hombre que la hizo tan feliz, aún huyendo. Él sonríe porque ella todavía le recuerda, a pesar de que puede que algún día no regrese nunca más. Lo que sigo aprendiendo de él es que cuando se quiere nunca nadie se va demasiado lejos como para ser olvidado.

Tiene un arsenal de sonrisas bajo la manga derecha de su camisa, porque él siempre ha sido más magia que mago. No entiende por nada del mundo las faltas y menos si son de respeto, porque de pequeño el hombre del saco era su abuelo. Me enseñó con tan solo tres añitos a entregar una sonrisa en forma de ramo, y a curar el miedo abriendo los ojos. Entendí que tras curarme las heridas con un beso el mundo era más justo teniéndolo a él de mi lado y también de mi mano.

El recuerdo más antiguo de mi abuela es que quería recorrer el mundo y terminó dando un paseo por el pueblo. Ojalá hubieseis visto como lo decía, la dulzura se apoderaba de su risa. También me contó que ella no tiene ningún secreto y no porque no quiera, sino porque todo se le olvida. Lo que ella no sabe es que yo siempre seré su pequeño secreto, porque un día tiene nieta y otro no. Hasta que recuerda la pequeña cicatriz de mi mano y entonces vuelvo a ser.

Tengo miedo de que la rabia se apodere del pecho de mi abuelo y de que el miedo le atraviese el corazón aún manteniendo los ojos bien abiertos, pero el amor es así de bonito y duro. Yo sé que ella sigue siendo feliz, porque quién no iba a serlo enamorándose una y otra vez del hombre de tus troprecientas vidas. No importa que ella no recuerde el camino de vuelta a casa, porque él siempre estará esperándola.

                    No dejes de volver, porque nosotros no dejaremos que te vayas nunca.

 

Tu chica menos diez.

A tu chica menos diez le falta una camisa que le llegue por las rodillas y que sea tuya, que lo sean ambas. Que juegue a desquererte los lunes y los sábados te mande un mensaje diciéndote que los versos sin ti no saben a lo mismo.

Que sea la mejor actriz ante tus arrebatos de niño y te coma la boca a sonrisas, que a besos te la come cualquiera.

Que te entienda cuando ni siquiera tú lo consigues, que escriba en tu espalda con la yema de los dedos -te quiero- y a la que, cuando le toques el ombligo mil carcajadas salgan disparadas hacia tu oído.

La que te salve de un bache, de dos o de tres. La que construya puentes donde tú sólo ves precipicios, la que te quiera sin lágrimas en los ojos.

A tu chica menos diez le falta quererse los Domingos. Quererte con tu pasado, presente y con lo no vivido.

Le falta estar llena, luna.

Querido/a x: Para que nunca te olvides.

Querido/a x:

Esta será la primera y la última carta que te escriba con un miedo atroz a no volver a ver a la persona de la que me enamoré perdidamente, tanto que por ridículo que suene me encontré al encontrarte. Pero; qué pasaría si algún día me fuese, qué pasaría si el Otoño estallase entre mis huesos. Qué pasaría si te encontrases con un adiós marchito en el pecho, qué sería de ti, de nosotros. Si eso pasase tú debes seguir adelante, yo por algún estúpido deseo del destino me quedaré aquí, mirando de reojo al amor que tuve la suerte de que fuese de mi vida. No te preocupes, no te empeñes en darle portazo al futuro y quieras quedarte a mirar algo que ya nunca más será. Sal, levántate y brilla. Ponte tan guapo/a como el día que nos conocimos y se libre. Vuela alto, lo más alto posible y no temas desprenderte en algún momento de mí, porque yo sé que el amor no se va ni se olvida en tres Abriles, no dejes que te engañen ni que intenten igualar tu pena, pero tampoco intentes poseerla. Quédate con lo bonito, con lo que fuimos de ser por los dos, por todas esas madrugadas esperando a que volvieras y cada una de las veces que llegué tarde y tú sonreías con un ‘lo bueno se hace esperar’ entre los labios. Que si esto alguna vez fuese ahora, no te culpes por todo lo que pudimos haber hecho y no hicimos. Si no lo hicimos fue porque había un mundo increíble bajo las sábanas al que pude llamar nuestro. Y allí, allí si que teníamos vitas al paraíso. No te quedes con la rabia entre los dientes, tú mejor que nadie sabes que si estuviese contigo lanzaríamos la película más triste por la ventana y saldríamos a bailar. Ponte tu mejor traje o sal en pijama, te vas a ver increíble igual, créeme yo que me enamoré de tus ojeras y de tu forma de caminar; como quien tiene por sorpresa un abrazo entre las comisuras de los labios. Canta nuestra canción hasta dejarte la voz, canta por los dos, no dejes de cantar; porque entonces el mundo si que sería injusto. Ahora que estás durmiendo y ni te imaginas lo mucho que te quiero, ahora que te ves tan dulce, ahora que tengo miedo. Ahora que puede que mañana sepa a pasado o que el futuro nos pise los talones. Ahora que es siempre entre tus brazos. Nunca podremos ser más ciertos de lo que somos ahora, y nadie será capaz de negarlo.

 

Me hubiese gustado.

Me hubiese gustado ser la mujer que soy ahora cuando fui contigo, y ahora que ya no somos entiendo a que sabe el amor a medio hacer, a medio acabar y también lo amargo que es no saber decir adiós. Ojalá hubieses conocido esta parte más entera de mí, una versión mejorada de la chica repleta de magia que conociste aquel Martes 13. Pero, que hubiese sido de todos esos días en los que echarnos de menos era echarnos a suertes. Me hubiese gustado ser quien soy siendo contigo, pero seguramente no te hubieses enamorado de mí, ni de la niña que tanto te gustaba tener entre tus brazos, ni tampoco de todas las tropecientas veces que me hiciste soplar un diente de león deseándote, como nunca. Que en realidad no me gustaría ser porque de haber sido ni tú ni yo nos hubiésemos enamorado de las tres salidas de emergencia que tiene tu cuarto, ni del paraíso que se encuentra al cerrar los ojos y sentir que puedo rozar el cielo con tus labios. Que de volver a ser me quedaría con eso que fuimos, a lo que -pase el tiempo que pase- nadie podrá negar que fue nuestro, como esa cicatriz de tu espalda que siempre te recordará que el amor a veces duele y que el vértigo es para aquel que teme amar. Que tú volverías a saltar y yo no podría evitar colgarme de tus brazos.