Ya no sé si te echo de menos a ti, o echo de menos una relación basada en cada uno de mis sueños, porque de tanto que te pienso a veces confundo lo que fue y no fue. Pero si recuerdo perfectamente como y cuando me dijiste que no podías seguir a mi lado, que no era yo, que no era por mi … También recuerdo como las lágrimas empezaban a resbalar por mis mejillas, como tus dedos temblorosos intentaban limpiarlas con delicadeza, con esa que siempre tuviste, como si de un cristal muy fino se tratase, jamás olvidaré ese abrazo que tanto nos unió y nos separo a la vez.
Insistías en que jamás nadie había llegado tan dentro de ti, pero que no podías mentirme ni mentirte a ti, que extraño y que doloroso resulta recordarte, que extraño escribirte sin tocarte, sin que mi lienzo sea tu espalda, ni mi partitura tu boca, que raro cantarte desde que ya no me escuchas, mirándome como solo lo has hecho.

Si hablamos de rarezas hablemos de nosotros, de como cada una de ellas nos hacían sacar las mejores sonrisas, de como te encantaba tenerme horas y horas encima de tu cama, recorriendo cada rincón de tu habitación, persiguiéndome como si de una niña se tratase para oír mi tonta y alocada risa mientras tus dedos recorrían mi cuerpo haciéndome cosquillas, como adoraba esas cosquillas… de como se te ponían los vellos de punta cuando te decía bajito y al oído “puede que jamás vuelva a querer como te quiero a ti”. Y así es, que pasan los días y tu recuerdo sigue en mi espejo, como aseguraste tantas veces que pasaría, y no sabes lo difícil que es levantarse y ver que no estas, que no hay mensajes de voz, que no hay canciones de dos, que no hay promesas ¿y que si las hubiese? Si jamás logramos cumplir la única que hicimos juntos bajo la luna, mientras llovía y nuestro cuerpo se mojaba y tú quisiste hacerlo más especial si cabía, poniendo al máximo volumen nuestra canción… esa que no es de nadie, solo nuestra y así siempre será.

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