Tengo la suerte de tenerte en mi cabeza, y también de haberte tenido sobre mi pecho. Suerte de que tus brazos fuesen mi refugio, suerte de que me hayas amado tanto como yo a ti. Quién nos lo diría si juramos que no pasaría, que era lo que era, para ser más claros “nada“, dos cuerpos buscando calor en un día frío de primavera. Pero pasaron los días, los meses y las estaciones, paso de ser primavera, a nuestra primavera-verano-otoño-invierno, afortunada de saberme tuya en cada estación del año.

Pero, todo llega a su fin. El miedo se apodero de mi y sin pensar te dije que debía terminar, que no era capaz de seguir adelante, miedo a sufrir más, más de lo que ya había sufrido antes … y preferí lo malo conocido que lo que me quedaba por conocer de ti.

Te destroce, me destroce, nos destroce. Lo duro es saber que contigo aprendí a conjugar verbos como esos… y olvide lo bonito de conjugar el verbo “besar” tus labios, “ver” en tus ojos un nuevo amanecer, “amar” …te.

Podría decirte la hora exacta en la que nos volvimos a ver, la forma en la que me miraste a los ojos esperando que te besase, que rectificase… estábamos tan rotos. Pero creí que era lo mejor para tí y para mí, que el tiempo curaría esta herida, que pronto sanaría.

A día de hoy el verte aún me causa dolor, tu mirada aún consigue helarme y quemarme a la vez, después de casi un año volvemos a mirarnos con algo de esperanza.

“Te recuerdo como un preso recordando libertad, con la duda de si has olvidado ya”

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