Nos pusimos boca abajo, buscando quien sabe que. Nos miramos y reímos, pero no como siempre, sino juntos, con la miel en los labios, como quien saborea los últimos pedazos de un caramelo. Seguimos así durante varios segundos, sin darnos cuenta que terminaba un año dando comienzo a otro. Miles de recuerdos sobrevolaban nuestras cabezas, posándose en cada uno de los pliegues de tu dulce sonrisa. Oliendo a mar a kilómetros de distancia, viendo la mayor puesta de sol en tu mirada, sintiendo el calor que desprende una chimenea en un hogar por Navidad, sin leña mojada.
Saboreando el momento, por segundos e incluso también en milésimas de segundo no vaya a ser que me pierda y no sepa como encontrar el camino de vuelta.
Diciendo con la mirada lo que con la boca no puedo, sonriendo a contra viento, batiéndome en duelos, pidiéndote una noche que encadene con un millón más, susurrándote un te quiero, sincero.
Que tengo miedo al desierto que me encontraré si pierdo tu boca, y al infierno que supondrá la perdida de tu cuerpo.
Pídeme bailar el tango de la muerte, que te bailaré sin miedos. Sin peros.
Y tú no temas, porque si algún día yo me voy, volveré tan pronto que no tendrás tiempo para echarme de menos, y mucho menos de más.
Pero ahora encadéname dejándome las llaves del candado del recuerdo, por si algún día tuviese que empujar todo el daño al fondo del océano.

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