No sé cuantas veces lograré escribirte sin llorarte, sin culparme. No lo sé. He perdido la cuenta de las semanas que llevas lejos de mi. Que difícil resultan los días así. Con lo fácil que era cuando tu me agarrabas de la mano, haciendo todo posible.

¿Qué nos ha pasado? Me pregunto una y otra vez. ¿Tanto hemos cambiado? Tanto que ya ni nos miramos. Tú que ya has empezado a olvidarme y yo que sólo he comenzado la manera de recordarte. Lo sé, tienes razón siempre me enredo entre palabras, siempre intento arreglarlo con largos textos que solo demuestran la milésima parte de lo que te quiero. Que soy una cabezona y una orgullosa, pero eso en tus brazos lo olvidaba. Te he llorado tantas veces en tan pocos días que no quiero imaginar el futuro que me queda sin ti. No hay hora que no recuerde quien era por ti, y en que me convertí. Tengo miedo, miedo de este futuro en el que se que tu no vas a estar. Que llegarán fechas especiales, difíciles de pasar, y tú no estarás.

Me quisiste y te quise, yo al menos como a nadie. Y como a nada. Y sabes, da igual cuantos días pasen, meses o incluso años, no importa que en todo ese tiempo sigamos distanciados, da igual. Porque un día te dije que te quería más que a mi vida, y otro que no era oro todo lo que relucía. Lo sé, cabreada soy lo peor que puede existir, pero jamás llegaría a pensar eso de ti.

Te quiero, sin adjetivos, sin posesivos, sin peros. 

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