Tenía en el pecho tantas decepciones que cuando lloraba, derramaba café por los ojos. Tan amargo y solo. Tenía la luna menguante más bonita que podáis imaginar entre las comisuras de la boca. Besaba dejando huella, siempre. Tenía dos alas por brazos. No conocí mejor diez, que sus cinco dedos entrelazados con mis otros cinco. No existe nadie que se le compare, no, no existe. Era el hombre de mi vida. Pero se fue. Dejando en mi un vacío que me costará rellenar, quizás de besos baratos, de abrazos que no llenan, de personas vacías. Quizás algún día nos volveremos a encontrar. Quizás, entonces sea capaz de decirle que sólo necesite perderle para entender lo que siempre me quiso decir, entender que eramos algo más. Que siempre lo fuimos, que nos falto saltar, dejar el miedo atrás, nos falto dejar de imaginar. Nos falto tan poco, tan poco. Parar las campanadas, saltar a sus brazos cuando estaba a punto de caer, besarle cuando me pedía entre lágrimas, cállate. Decirle que le quería de Enero a Enero hasta el mundo acabar.

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