A día de hoy la tilde de su apellido sigue clavada en mis cuerdas vocales, como si de una espina se tratase, que por mucha agua que tomes no conseguirás hacer la digestión de ese amor. Que a veces hacer que sangre esa herida es la forma más valiente de afrontar la realidad, de saber que no estás. Creo que es hora de aceptar que las parejas me duran lo mismo que los cigarros, me consumen, le consumo y luego terminamos siendo sólo humo. Lo bueno de todo esto es que puedo jugar a imaginar como hubiese sido el final si cada uno de los que me han querido se hubiesen arriesgado y quedado a mi lado.

Ellos quizás nunca sepan lo bonito que hubiese sido hacer estallar la primavera en pleno invierno,

ver nevar al sur de sus caderas.

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