Cada noche su recuerdo venía a morderme el corazón,

a estrujarme los ojos para dejarme solo el eco del último adiós.

Volvía para hacerme sentir culpable de no haberle querido tanto como lo hizo él.

Para recordarme que mi orgullo abraza peor,

que los besos que recibo están vacios, secos, fríos.

Escogió la música a dedo para que cuando sonase rozase la herida,

para que sangre y no cure. Para que duela.

Y así de oscuras son mis noches, soñando con esos ojos sabor café.

Releyendo mi libro favorito, una y otra vez,

repasando con los dedos las letras que dejaste para ser.

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