Llueve y es Martes o al menos hace unos segundos aún lo era.
Me he peleado con tus manías, con tus formas y para terminar nos he roto, si a nosotros. Otra vez. Maldita costumbre la mía de romper todo aquello que toco cuando duele.
Estoy a menos cincuenta grados de mi, a un siglo de volver a querer verme la cara, por miedo a romper cualquier espejo y termine hecho trizas, hecho nada. Deshecho del todo.
Has vuelto a compararme con cualquiera, siempre mejor que yo. Y duele. Y las odio sin conocerlas y ellas seguramente me odien a mi por no saber quererte, bien. Por haber olvidado como era tu sonrisa antes de mi, por como me pedías auxilio sin pretenderlo, por las veces que me dijiste –quedate– mientras tu orgullo te echaba un pulso, al corazón. Por todas esas veces que te pedí que te fueras lejos y te quedaste haciendo guardia delante de mi puerta.
Por todas y cada una de las veces que me robaste un beso y te pedí de rescate un millón más.
Odio no poder recordarlo cuando me enfado, cuando sólo sé decirte que – quizás no estamos hechos el uno para el otro-.

Pero ¿Y quién si?

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