Cuando tengo un mal día vienes tú y me salvas.

Me coges al vuelo cuando nadie se ha percatado de que estaba cayendo,

cuando nadie se ha atrevido a girar el cuello

por miedo a retorcerselo o quién sabe qué.

Y a quién le importa a estas alturas.
Me dijiste;

A partir de ahora vuela tan alto como puedas

y no tengas miedo cuando pienses en la caída libre

porque siempre saltaré contigo.

Porque no hay nada más libre que tu risa,

que tu prisa por crecer cuando aún eres una niña

por tus ganas de querer comer el mundo cuando sonríes.
He volado lejos apoyada en tu pecho, cuando había un océano en el mío.

Has sacudido mis alas cuando estaban embarradas por el sentimiento de culpa.

Me colocaste delante del precipicio del miedo y me soltaste.

No había nada ni nadie capaz de ayudarme. De salvarme de mi misma.

Volviste y me agarraste. Me escuchaste.

Me entendiste y dijiste “que nadie más te arrastre“. Sueltate el pelo y olvida ese lastre.

No olvides quien fuiste y por quien apostaste, a quien admiraste, porque mañana eso será lo que te haga grande.
Que pase la vida, pero que nunca pase de largo tu risa.

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