A veces duele y simplemente callas, respiras lo más hondo posible contando entre diez y quince los besos que jamás le diste. Pierdes la cuenta, maldita sea.

Malditas todas aquellas las noches que te imagine durmiendo con otra persona mientras mi cama lloraba de rabia.

Te conocí cuando alimentaba mis ganas de querer vivir lejos de aquí, me hiciste presa y pusiste a mi nombre el alquiler de tus sueños, de tus presueños.

Me quede sola a cargo de los costes que nuevamente alguien había ocasionado por malvender un corazón que ya estaba a medias. A medio querer, a medio olvidar, a un siglo de saber lo que es sentir de verdad.

Sin previo aviso desapareciste y duele. Ya no hay café para dos, sólo quedan desperfectos, un corazón estrujado en semana y media, un te quiero entre lágrimas mientras alguien cantaba ·nunca más Bruselas· y cinco libros de poesía con tu letra.

Me quedan cinco canciones de Sabina en la despensa,

seguramente ellas besen

mejor que

tú.

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