Le conocí cuando mi cabeza era una bomba de relojería. Le miré desde lejos y rápidamente metí la mano en el bolso en busca de mi móvil y encontré una escusa para quererle. Pasaron los días y hablamos de todo, menos de nosotros. Pasaron otros por mi boca, pero nunca él. Pasaron los meses.

Un viernes cualquiera me encontré perdida, buscando las estrellas que le faltaban al cielo. Y nos encontramos. Y estalló la primavera entre sus brazos.

Lo que comenzó como una escusa, terminó convirtiéndose en cincuenta motivos y en un consejo, no te enamores. Cómo iba a decirle que desde la primera mirada, a mi, ya me ardía el corazón. Mejor callar y hacerse la sueca. Aunque a buen entendedor, pocas palabras bastan.

Sobrevivimos los meses siguientes a base de besos. Y él, que siempre había puesto una barrera a nuestra relación comenzó a llamarme, a re-llamarme. A mirarme con ojos de “le das mil vueltas a todas” mientras me hacia la dormida en su cama.

Y yo quería vivir eternamente y dejar de morir por amor.

Me cambió la vida, los planes y las alas.

Aunque nuestras diferencias, nuestros desencuentros y mis dudas, me arrojaron a los brazos de la piedra que llevaba haciéndome la zancadilla durante años. Y cuando volví a hacerme heridas en las rodillas y sangre en el corazón, volvió a rescatarme de mi misma. Limpió mis lágrimas mientras ocultaba las suyas. 

Todo cambio en mi y él volvió a sufrir las consecuencias, pero quién es capaz de mirar a los ojos a la persona que nuevamente le vas a partir el corazón, al que quisiste por encima de tus posibilidades, la persona que se ha vuelto tu debilidad.

Pero al que ya no puedes mirar con ojos de futuro sino de agradecimiento por todo el tiempo que te abrigo del miedo.

Y sufres con él porque no soportas la idea de que alguien le haga daño y cuando nuevamente vuelves a ser tú, te sientes la persona más ruin que ha pisado la tierra. Harías cualquier cosa porque eso no estuviese pasando, pero ocurre, no hay marcha atrás.

Y le miras,

intentas encontrar de nuevo lo que te enamoro de él,

y el corazón empieza a arder.

Pasan los meses y con ellos nuevas personas, y a todas las comparas con él. Piensas que nadie es lo suficientemente bueno como para ocupar su lugar. Intentas mantener el contacto, pero él no puede verte como amiga y tú te niegas a perderle. 

Te cuenta que ha conocido una chica y que está intentando no ponerle tu cara ni tu sonrisa como a las anteriores y te alegras mientras el corazón te arde. Y te metes hasta en el infierno sólo para saber quién es y que intenciones tiene. Le encuentras todos los defectos que tú tienes y algunos incluso se los inventas, no la crees merecedora de él aún sabiendo que

tú tampoco lo fuiste.

Pero comprendes que es el momento de abandonar el barco y que es hora de que él vuele nuevamente, sin ti. Y evitarás mirarle a los ojos nuevamente por miedo a recordar que fue lo que te enamoro de él y volver a descolocar todos sus esquemas.

Y te vas,

aún sabiendo que ésta es la despedida más difícil,

pero es hora de que él sea feliz.

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