Tuve miedo de encontrarte en brazos de cualquiera a la que le gustase trasnochar, o directamente encontrarte parándome el tráfico como solías hacer cuando la ciudad enloquecía y yo me sentía la dueña de los pasos de toda esa gente que corre sin mirar atrás. El semáforo de mi vida se encontraba en rojo y sólo temblaba en ámbar cuando alguien con tu mismo olor pasaba por mi lado con prisa y con el maletín cargado de dudas. Fueron muchos los que tropezaron con mi mirada, y pocos los que se quedaron a reconstruir las ruinas que habían sido esparcidas por cada recoveco de mi cuerpo. Cortaron las calles por un tiempo, aquellas que tantas veces fueron protagonistas de nuestra historia, donde el mundo por un segundo dejaba de girar y yo me volvía loca contándote mi estúpida suposición de amor perfecto, en las que tú marcabas el ritmo de mi pecho con sólo decirme bajito y al oído “sigue haciéndome poesía“, juré hacerte eterno y así lo he hecho.  Después de ti mi vida se estancó en una única revolución, mi cabeza contra mi corazón.

Juro que no hubo vencedor.

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