Son las dos de la mañana y hace calor, el suficiente para estar a finales de Mayo. He discutido con todos los fantasmas de mi pasado y has vuelto a desaparecer a destiempo, como solías hacer. Me has plantado con el corazón en la boca y las palabras hechas trizas en las manos, sigo siendo la misma idiota y tú sigues siendo el mismo impresentable de siempre. Ya ves, casi todo sigue como la última vez. Sólo que, la niña con la que jugaste ha crecido, madurado y dejado atrás la inocencia que vestía su mirada. Me ha llevado tanto tiempo comprender que no era yo la culpable sino tú y tu ejército de mentiras. Que nadie, jamás, volverá apuntarme directamente sin haberlo hecho yo primero y que seré yo quién decida si merezco ser juzgada o no. Perdí tanto tiempo buscándote en cada rincón de mi cuerpo aún creyendo que visitabas el epicentro de otra piel, aún sabiendo que acabaría siendo nada, porque nunca signifique lo suficiente para que dijeras ¡basta! porque jamás llegarás a ser un hombre, porque te falta todo lo que se necesita para poder llevar la cabeza en alto y no entre las piernas. No espero tus disculpas porque serán tan sinceras como todas las veces que me dijiste que me querías y mentías. Abre un libro mientras yo cierro -por fin- y para siempre este capítulo de mi vida.

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