Era una chica feroz,
con labios de gominola
y algún que otro diente de león.


Iba siempre sonriendo
como si quisiese impresionar al sol.
Y creedme, a veces lo conseguía.


Sólo necesitaba ponerse aquel vestido de flores
que hasta al más nublado le hubiese aclarado la vista.


Con solo mirarla te daban ganas de soplarle los miedos,
de bailarle las dudas y de contarle todos los lunares de la espalda.
Sobre todo aquellos que tenía en forma de flecha,
como si estuviesen pidiendo a gritos que empezases a besarla.

 

A veces el amor no es a primera vista,

pero si a primera palabra: Encantada.
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