A ti que me lees a escondidas cuando el cielo se vuelve ceniza, el que me enseño que Dublin puede ser maravilloso durante cuatro minutos en una canción. Si, tú. El chico de tres minutos más y nos hacemos dueños del mundo, pero ahora toca soñar. Déjame un poquito de espacio en tu espalda que en tu pecho sé que tengo más abrazos que tropiezos. Haz intermitente esto que es tan nuestro que nadie podrá jamás etiquetar, llámame cuando de señales y también cuando no las de por si. Por si todo fuese a ser posible después de un te (quiero). Tú que me entiendes aún sin acabar las frases, aún cuando cierro los ojos y me vuelvo nube, tan oscura como fría, y duele. Lo peor, que tú también conmigo. Lléname la boca de sueños. Destápame los ojos de miedos, porque no servirá de nada taparlos si al abrirlos vuelvo a sentir el mismo vértigo que provoca una despedida. A ti que me has buscado aún con la certeza de saberme huida, a pesar de saber que podría ser un intento más, fallido. Al chico de ojos café que me provoca insomnio y ganas de todo. Tú que me has enseñado a ver luces de navidad por todas partes, yo que he aprendido a ser feliz contigo.

 

A mi chico.

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